Como nació la opera “La Flauta Mágica”.sus orígenes masónicos

Schikaneder y Mozart se conocieron en 1780. En un tiempo en que apenas existían teatros estables, la compañía de Schikaneder se encontraba efectuando una gira por el entorno de habla alemana, y obtuvo permiso por parte del arzobispo de Salzburgo para establecerse en la pequeña ciudad por un período de seis meses.

 A tan generoso ofrecimiento el empresario correspondió representando las obras más populares en la época: El rey Lear, El barbero de Sevilla, Ariadna en Naxos… La presencia de la compañía en el pequeño principado independiente fue un acontecimiento que marcó el panorama de ocio y diversión de la zona, y la familia Mozart no podía ser una excepción, de forma que se convirtieron en clientes habituales del teatro de Schikaneder.

Tanto el padre, el severo Leopoldo, como la madre, el joven Wolfgang y su hermana Nannerl frecuentaban todo lo posible las representaciones. No pasó demasiado tiempo hasta que el director de teatro y la familia Mozart hicieron sincera amistad, y estos contaron con libre acceso a todas las representaciones de forma gratuita. En agradecimiento, los Mozart invitaron asiduamente a Schikaneder a su propia casa, donde el joven Wolfgang encontró un buen amigo con quien compartir sus inquietudes profesionales y salir por las noches a recorrer las cervecerías de la ciudad, jugar a los bolos, y disfrutar de los entretenimientos que ofrecía la noche de la pequeña Salzburgo.

En ese momento Mozart no era todavía masón, pero Schikaneder sí lo era. Por ello el empresario prestó atención a una obra escrita por el hermano Tobias von Gebler titulada Thamos, rey de Egipto, de clara orientación masónica y que ya reunía algunos elementos que luego aparecerían en La Flauta Mágica.

La masonería entonces estaba de moda, así como el gusto por lo oriental y el antiguo Egipto. Schikaneder tenía la intención de ponerle música a esta pieza, de forma que se lo sugirió a su amigo. Mozart conocía perfectamente la obra, pues había terminado una música incidental para ella hacía poco más de un año. Pero al joven compositor, que aun sin ser masón todavía sí conocía la masonería, le parecía que el argumento adolecía de falta de solidez y opinaba que ese texto no era sino un boceto en el que se podía profundizar mucho más.

En cualquier caso la cosa no hubiese podido llegar a más, pues al poco tiempo Mozart hubo de ausentarse de Salzburgo e ir a Munich. En la capital bávara iba a estrenarse Idomeneo, su primera gran ópera, y el príncipe-elector Maximiliano III deseaba que se hiciese bajo supervisión del propio Mozart, con lo que hubo de ponerse en camino.

La separación apenó mucho a los dos. Los que estaban presentes comentaron que Schikaneder salió corriendo detrás de la calesa en la que partía Mozart, despidiéndose sin poder contener las lágrimas, y Wolfgang mantuvo el cuerpo sacado por la ventana agitando el pañuelo hasta que la figura de su amigo se perdió en la lejanía. Poco después la compañía teatral abandonaba Salzburgo, de forma que cuando el compositor volvió ya no pudo reencontrarse con su amigo, y pasarían casi tres años hasta volver a verse, ya en Viena.

Durante años la escasa colaboración entre Schikaneder y Mozart se redujo a arias concretas para obras menores compuestas por varios compositores a razón de varias arias cada uno para finalizar el trabajo con rapidez. De las colaboraciones entre ambos destaca especialmente La Piedra Filosofal, en las que ya aparecen perfectamente perfilados los personajes sobre los cuales se construirá La Flauta Mágica y con argumento hasta cierto punto semejante. En 1784 Mozart ingresó en la masonería, al igual que su padre, su querido amigo Joseph Haydn (al que el propio Mozart convenció para ello) y el que fue fugazmente su alumno: Beethoven. En menos de dos meses pasó de forma meteórica del grado de aprendiz al de compañero, y de este al de maestro.

Fue finalmente en 1790 cuando la idea de hacer una gran ópera alemana con argumento masónico se materializó. Schikaneder dirigía el popular Freihaustheater, propiedad de Eleonora, su ex-mujer.

Ironías del destino, años atrás ella le había abandonado para irse con el empresario teatral Johann Friedel, que regentaba el Freihaus. Al fallecer Friedel, Eleonora heredó el teatro, y hubo de buscar un buen gestor para el mismo. Ella mejor que nadie conocía la capacidad de Emanuel, y este, que en su momento había aceptado la decisión de su mujer con tolerancia (quizá porque era consciente de que sus constantes infidelidades habían tenido mucho que ver en el deterioro de la relación), no tuvo reparo en hacerse cargo de la compañía.

Generalmente las obras teatrales de contenido masónico solían adoptar una estética y entorno extraídos del antiguo Egipto. En este caso mantendrían muchos de estos elementos, pero el nuevo espectáculo se construiría básicamente sobre el lenguaje escénico más de moda en los arrabales vieneses: las óperas mágicas (zauberoper). Este pintoresco género, mezcla de cuentos de hadas, tradiciones mágicas populares y, sobre todo, muchos efectos especiales, era relativamente nuevo. Surgió cuando se hizo técnicamente posible, pues los efectos visuales que exigía solo pudieron llevarse a cabo cuando empezaron a funcionar los teatros estables. Máquinas voladoras, juegos de luces, muñecos animados, cañones, barcos y todo un ingenioso repertorio de recursos servían para impresionar al espectador ingenuo. Se contaba también con la ventaja de que el lenguaje simbólico, arquetípico, de los cuentos de hadas servía a su propósito considerablemente mejor que la mitología grecorromana que había imperado en la ya obsoleta ópera seria, mucho menos flexible y adaptable.

En el momento de comenzar la composición de Die Zauberflöte la esposa de Mozart, Constanze, se encontraba tomando unos baños curativos en Baden-Baden. Para evitar que Mozart tuviese que ocuparse de cualquier cosa que no fuese exclusivamente la nueva ópera, Schikaneder le construyó en el patio del teatro una caseta donde podría trabajar sin distracciones. El personal de la compañía le lavaba la ropa, le preparaba la comida y le atendía en cualquier cuestión que fuese precisa. La preparación de la ópera llevó en torno a un año de trabajo intensivo. En teoría debía haber sido estrenada mucho antes, pero la coronación de los nuevos emperadores de Bohemia le supuso a Mozart una oferta que no podía rechazar: la composición de otra ópera, La Clemenza di Tito.

Mozart partió para Praga con su alumno Süssmayr como ayudante, y en apenas mes y medio se compuso y estrenó la obra, tras lo cual volvió a Viena para finalizar Die Zauberflöte. Se estrenó el 30 de septiembre de 1791, tres meses antes del fallecimiento del compositor. En una época en que veinte representaciones continuadas se consideraban un éxito rotundo para una ópera, La Flauta Mágica batió todos los récords, representándose solo en su estreno más de cien veces consecutivas, y permaneciendo en el repertorio de la compañía de Schikaneder durante cinco años.

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