A nuestro querido Marcos Muñoz in memoriam

Querido Marcos.

Hasta para morir has demostrado tu calidad humana. De golpe, en seco, de una vez, sin dar tiempo al sufrimiento que acompaña los sucesos largos. Joven, en la plenitud de la esperanza, rabiando de ilusión y fraternidad universal, con un corazón henchido de amor por los más necesitados. Te has ido y nos quedamos un poco más solos, un poco abandonados, con huecos en el alma que nadie podrá ocupar, que son tuyos ya para siempre.
Nunca supe si creías en Dios, pero desde mi condición de creyente estoy convencido de que estás a su lado. En todo caso, el Oriente eterno, que es todos y a todos pertenece, te ha acogido con la dulzura merecida de una vida y una personalidad radiante, hermosa, casi artística en su forma de expresión. Tus inquietudes y pensamientos, incluso los más íntimos, los que conforman al ser humano y revelan sus debilidades y fortalezas, que tantas veces leí y escuché, se quedan y forman parte de nosotros, los que nos consideramos más que amigos, hermanos en los avatares de la vida y el devenir eterno.
Treinta y un años es poco, demasiado poco para completar una historia que se prometía feliz.

Sara ha quedado partida y sin una mitad de su alma, ahora huérfana de tus afectos, tus afanes y tu amor; eso, nadie puede compensarlo aunque no esforcemos en reemplazar lo irreemplazable. Pero, aquí estamos para intentar que ese trozo del alma no quede vacío e intentaremos llenarlo con tu recuerdo, tus sonrisas, ideales y proyectos.

Escribo desde lejos. Ni siquiera estaba ahí para acompañarte en tu último viaje, el viaje desconocido. He escuchado lágrimas por teléfono, apoyos a los que quedamos con las fuerzas tocadas. Qué pena no verte el último día en que pudimos vernos, tres días antes de tu partida. Qué pena no poder intuir que sería la última, precisamente el día que asumías un lugar tan importante junto a nosotros, en el que nuestras ilusiones estaban puestas en ti. Qué pena no poder viajar en noviembre contigo hasta el centro de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Qué pena no verte escalar en la vida los peldaños intangibles del saber, de la perfección moral que te empeñaste en alcanzar y que conseguías con maestría delinear en tu semblante, en tus gestos, en tus hermosas palabras de paz, de unidad.

Nunca, jamás, escuché de ti una palabra contra nadie. Tu ideología alcanzaba la plenitud de quien cree, pero que a la vez respeta a quienes piensan lo contrario, convencido como estabas de que no hay mano que sobre, ni idea que no deba respetarse, pero, sobre todo, ser humano al que no hubiera que estimar por su misma consideración y dignidad. Un político de futuro que hubiera sido un referente para el cambio de la política.

Eras socialista convencido y te dignabas proclamarlo, pero sin por ello asumir ninguna superioridad moral respecto de quienes no compartían tu mismo pensamiento. La sociedad, al cabo, se construye entre todos y por todos.

Me hablaba un amigo de la ira que sentía ante tu muerte. No, le decía, nunca la ira con Marcos. Desesperación, sí, tristeza e impotencia. Nunca ira porque tú no habrías querido. No formaba parte de ti, la habías desalojado de tu personalidad.

Se va un amigo, casi un hijo por la profunda amistad que tenías con el mío, por los proyectos conjuntos que conformaste con él, por la unión y la cadena que entrelazabais los más jóvenes. Tú sabes de lo que hablo. Tú sabes que vuestro era el futuro y que se anunciaba perfecto, en todo el esplendor de una maduración que evolucionaba hacia la meta siempre buscada. Hacia la Ítaca cantada que tanto te esmerabas en idealizar, pues tanto te unía a ella.

Pero, sobre todo lo dicho, la tristeza surge de la ausencia y de una ausencia involuntaria que no deja espacio al reproche. Una ausencia insoportable, que nadie puede ocupar, una larga lista de preguntas sin hacer, de abrazos sin respuesta, de caminos sin recorrer, de ideas sin realizar.
Dejas aquí a tanta gente que te honraba con su afecto, que bien se puede decir que lo merecías, que lo ganaste. Siempre atento, siempre presto a favorecer a todo el que se aproximaba.
Para unos, tu condición de socialista fue lo más relevante de tu personalidad.

Para otros, las demás cualidades que adornaban tu personalidad en tu ciudad, de luto. Para quienes fuimos tus amigos, sin esperar más que la amistad y el camino juntos hacia la meta ideada, lo importante no eran los calificativos, aunque formaran parte de ti, sino tú mismo, como persona, como ser humano que sufría, reía, lloraba y construía su vida cotidianamente.

Y esa, la persona, es la que se ha ido, para tu familia, para Sara, para tus hermanos, compañeros y amigos.

Este es un pequeño homenaje hecho desde el corazón que quiere ser un abrazo póstumo al que, con seguridad, se unirán quienes te consideraban hermano en la fraternidad universal.

José María Asencio Mellado

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